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FELICES VACACIONES

 

POR JACQUES STERNBERG[1]

 

REVISTA CIENCIA Y DESARROLLO

MARZO-ABRIL 1979/ NUM. 25

CONACYT – MÉXICO

 

escaneado por:

Luis F. Lapham

lapham25@hotmail.com

 

 

 

Ahora que ya estábamos dentro, hasta el cuello, había que reconocer que todos se habían equivocado en sus predicciones. Los pesimistas incurables y los indudablemente no menos incurables optimistas. Unos habían vaticinado que la Era Atómica significaría el fin del mundo; otros, que sería otra Edad de Oro y de Felicidad para todos.

         ¿Qué creer? En realidad, el mundo sigue siempre ahí, más o menos intacto, y el oro, como siempre, está enterrado en los depósitos de los bancos, de la misma manera que la felicidad sigue siendo un mito que los jefes de Estado y los sociólogos utilizan para sazonar sus discursos o sus teorías. Y, sin embargo, la Era Atómica está en su apogeo desde hace ya mucho tiempo. Ha conocido todos sus triunfos, todas las apoteosis, nos ha reservado las sorpresas más espectaculares. Pero, dejando aparte estas ventajas abstractas, ¿qué es lo que hemos ganado en el plano de lo cotidiano, de lo real? Solamente un acrecentamiento de las dificultades, de las pequeñas preocupaciones, nuevos impuestos y un temible aumento del costo de la vida. Y, también, innumerables fuentes de tentaciones que contribuyen a que la vida de cada individuo se convierta en una agotadora carrera para alcanzar los innumerables objetos que se ofrecen y los múltiples perfeccionamientos que se descubren sin cesar. En suma, una carrera del dinero, ya que se han reemplazado muchas cosas pero nada ha podido sustituir al dinero, ni tampoco las leyes esenciales del comercio. Y ahora, más que nunca, el dinero es sinónimo de trabajo furioso. Es decir, que lo único que hemos logrado es ampliar la locura frenética que se había apoderado del mundo después de la invención del motor y la electricidad. Esto significa que nunca antes el acto de ganarse la vida había estado tan cerca de ser un acto de perdición.

         Ya nadie puede dudad que la vida se ha convertido en una interminable suma acribillada por diversas operaciones, sobretodo por substracciones, y que se efectúa en una explosión única de facturas. Y, cada año que pasa, no hace más que empeorar las cosas, afirmarlas.

         Parece que en el siglo XX, el gas casero, el petróleo, el carbón o la electricidad eran una pesada carga para el presupuesto; pese a todo, ¿hay comparación posible entre los precios de estas materias primas y las tarifas de la energía atómica que se nos imponen a la fuerza y que devoran alegremente la mitad de cualquier salario? Y eso sin contar con que hoy en día todo funciona con energía atómica. Incluso el pasapuré, el reloj despertador y -- ¿quién sabe? – quizá, incluso nuestro corazón. Parece que los impuestos también eran pesados en otros tiempos; pero por lo menos tenía el derecho de quedarse sin empleo o sin recursos, mientras en la actualidad nuestra situación es distinta. Ahora, todo el mundo se gana la vida holgadamente y todo el mundo tiene que pagar holgados impuestos. Nadamos en la opulencia y en la prosperidad. Tan así es que nos hacen pagar el aire que respiramos en nuestros apartamentos. Los contadores de aire funcionan en todas partes y el hombre del siglo XXII, como sus antepasados, siempre tiene un pie en la sepultura; pero sólo vive a lo grande, continuamente obsesionado por el deseo de ganar mucho y de gastar más.

         La era de los pequeños apartamentos, de los peatones, de los indolentes, de los que se conforman fácilmente con su suerte, pertenece a un pasado tan lejano como el de los siervos o el de las luchas de esclavos en un anfiteatro romano. En lo sucesivo, cada hombre tiene la obligación moral de tener todas las comodidades. Ahora, más que nunca, el hombre quiere impresionarse a sí mismo, Normalmente, posee una vivienda temporal en la ciudad en la que trabaja, una casa en las afueras y una villa cerca del mar, en las montañas o en algún planeta de veraneo. Por obligación es dueño de dos coches, uno para la ciudad, donde la velocidad máxima es de 20 kilómetros por hora; el otro para la carretera en donde, a veces, se puede exceder los 40 kilómetros por hora, cuando el tráfico no es demasiado intenso. A menudo posee una canoa con motor fuera de borda para el trabajo, ya que los canales secundarios se utilizan menos que las carreteras nacionales. En vano sería intentar hacer una relación detallada de todos los perfeccionamientos electrónicos, los aparatos de alta fidelidad, los tableros de mando o bien todas las pequeñas maravillas de las artes domésticas que se hallan empotradas en las paredes de todos los apartamentos. Resultaría imposible enumerarlas y sin embargo ya nadie puede prescindir de ellas. Ya ni siquiera se les tiene en cuenta. Es inútil, también, hacer hincapié en que estos artefactos cuestan un dineral y que, riqueza obliga, son gravados en la misma proporción. Círculo vicioso en el que el hombre corre ciegamente, perdido, loco, ebrio de velocidad, sin saber exactamente qué es lo que busca.

         En cuanto a le ley esencial de la vida, no ha sufrido ningún cambio: quien dice compra dice salario y el salario, como la salud, siempre es el trabajo.

        

   Trabajo, en una época en la que todo es de una extrema sofisticación, sutilezas inescrutables de una ciencia movediza en incesante gestación. Desde hace mucho tiempo, ya no se trata de interesarse en el trabajo ni tomarlo a pecho, sino simplemente asumirlo. Como cuando, en otros tiempos, le mandaban a uno a picar piedras en trabajos forzados. Cada empleo, incluso el más humil­de, comunicado por sótanos y pasillos con las ondas de la electrónica, se ha convertido en un laberinto tal de com­plejidades que sólo los cerebros artificiales son capa­ces aún de comprender los gestos que, como autómatas, hacen los cuerpos humanos. Ya no se le pide al hombre que piense sino que parezca eficiente, que produzca. Siempre había sido el hombre, en el transcurso de la his­toria, una bestia de carga; en la actualidad, se ha conver­tido en una bestia de cargas algebraicas. Nada ha ganado en esta aventura, a no ser una mayor densidad de embru­tecimiento que en el pasado y un constante dolor de ca­beza que, por fortuna, la ciencia logra prevenir mezclando aspirina en todos los productos que se venden en el mercado. Sin embargo, aparte de estas medidas pre­ventivas, se han tenido que modificar, a pesar de todo, los clásicos horarios que habían pasado todas las pruebas desde el siglo XX. No tener más que un día de descanso a la semana y tres semanas de vacaciones al año, efectiva­mente, exponía a los hombres a un régimen de cansancio tan grande que durante mucho tiempo hizo la fortuna de los psicoanalistas y de los sanatorios privados. Ante esta situación, cada vez más grave, hubo que conformarse con revisar los horarios, que por draconianos resultaban muy prácticos. Se cambió todo. Y de esta manera, desde hace ya diez años, en todo el mundo, después de cinco días de trabajo se tiene derecho a cinco días de asueto. Luego, se vuelve a empezar. Es la ley general. En cambio los horarios de trabajo son de quince horas, con un descanso de un cuarto de hora a eso de lastres, y droga obligatoria a las seis de la tarde para poder aguantar. Y aguanta uno. Por las buenas o por las malas.

   Es, pues, en un mundo como éste donde vivo hace ya treinta y cinco años. No es que me alegre. ¿Pero, qué ha­cer? Sólo los escritores de ciencia ficción hablaban desde’ hacía tres siglos, con pueril perseverancia, de los viajes en el tiempo. Espejismos, espejismos. Hasta ahora, nadie ha logrado abandonar este siglo. Y, en cierta manera, es una suerte, ya que de existir un viaje organizado hacia el pa­sado o hacia el futuro, en clase turista o incluso ,en pri­mera, serían pocos los que se quedarían en este siglo de enajenados.

   No queda más remedio que aceptar las ,cosas como son, admitiendo que no se puede hacer nada para cambiarlas. Nos queda, como consuelo, esta capacidad de resignación que heredamos de nuestros más lejanos antepasados y las pequeñas máximas forjadas por el espíritu creativo del hombre. Así es la vida. Mientras la hay, hay esperanza. Qué remedio. Como cebas, así te despabilas. Malhaya el que mal apeste. La unión cava la fosa. A falta de pan, pas­teles. Y así sucesivamente. Y además, ¡qué!, vivir antes de Cristo o en tiempos de Carlomagno, en el siglo XIX o en el siglo XXII no ha impedido la muerte de nadie. Y para qué pensar en vivir bien, si de todas maneras habrá que morir mal. No valía la pena ni siquiera imaginar unos cuantos cambios de fondo. Lo mejor era no pensar dema­siado en ello y tornar las cosas como se presentaban.

   Y, por ejemplo, sonreír, ya que mañana tengo vacacio­nes. Cinco días de reposo para pasarlos en el estrépito de las audiciones de descanso de alta fidelidad o en los em­botellamientos de las carreteras o, también, en la explo­sión agresivamente abigarrada de los millares de espec­táculos laxantes que se vuelcan permanentemente sobre los asalariados de este mundo. A menos que se tome la de­cisión de irse y trasladarse a otro mundo. Un mundo tran­quilo, ya que el estrépito humano aún no ha logrado con­taminar todas las galaxias. Pienso en ello y me parece una solución precaria, trivial, sí, pero aceptable. Y debo decir que hace quince días que no he salido de la Tierra y que mi salud empieza a resentirse. Un cambio de aire me hará mucho bien.

   Una vez tomada la decisión, lo demás es rutina. Sólo hay que acudir a los sitios indicados, seguir las guías y los discos indicadores que bombardean este mundo; pagar’ incesantemente, y todo se arregla sin aspavientos. Y es que el planeta tiene en sus entrañas engranajes admi­nistrativos tan bien engrasados que incluso el desorden está organizado sutilmente, perfeccionado, probado.

   Después de comer, un solo platillo para no perder tiempo, me dirijo a la agencia Pook, sección de los mun­dos extranjeros, tercer piso, donde, en medio de una deco­ración de móviles, de variaciones luminosas y de manchas abstractas, las armonías de un eterno concierto sideral in­citan al indeciso a partir.

   — What can I do for you? me pregunta la joven que me da la bienvenida, consiente del hecho de que desde hace ya muchos años los norteamericanos viajan con más gusto que los demás.

   Me sorprendo, sin embargo. No me he puesto mi cor­bata extranjera esta mañana.

   —I should be glad consultar algunos prospectos, le digo para darle a entender, sin brusquedad, que el inglés no es mi lengua paterna.

   —¿Cómo desea usted verlos? pregunta ella, inquieta. ¿En TV a colores? ¿En relieve alta fidelidad 3D? ¿En odoriscopio? ¿O prefiere usted escuchar nuestro catálogo hablado en una cabina de audición?

   —Con los prospectos basta.

   La joven me entrega un montón de prospectos con un aire de desconfianza instintiva ante los clientes compla­cientes y poco dispuestos a aprovechar el fulgor de la época. Hay que reconocer que son raros los que aún están dispuestos a leer algo en un mundo en el que, por todas partes, la imagen y el sonido constituyen la ley. Al hojear los prospectos, quedo confundido. ¡Qué selección! Desde que los hombres conquistaron las estrellas, la elección de los viajes propuestos por las agencias ha adquirido pro­porciones tales que parecen un desafío para el espíritu hu­mano. ¿A dónde ir? Lo más difícil es decidirse. Con todo, quedarme en la Tierra cuando todavía tengo cinco días por delante, me parece un poco absurdo.

   Intento hacer una selección, quiero ver claro; pero des­pués de unos segundos todo me baila ante los ojos y se, confunde. Veo todo abigarrado, y es que el technicolor ha invadido este mundo de tal manera, que se pregunta uno si en este planeta la noche todavía se registra en blanco y negro. El papel glaseado de los prospectos, al igual que la cuadricromía, a menudo favorece a determinados paisa­jes que, en la realidad, son menos atrayentes que en las páginas de los catálogos. Y eso sin contar los mundos que conozco y donde no quiero volver a poner los pies. Miro, toco las páginas en relieve, aspiro los paisajes olfativos, in­tento soñar y crearme espejismos encantadores, pero es en vano. Para dar pábulo al sueño hay que creer que la realidad está fuera de nUestro alcance; lo que, evidente­mente, no es verdad, ya que no hay nada fuera de nuestro alcance, ni siquiera lo imposible. Sin embargo, tengo que decidirme sin demora, ya que la mayoría de los cohetes salen entre el mediodía y la una.

   Es inútil pensar en el planeta K.02 en donde se hacen en estos momentos experimentos atómicos como parte de las grandes maniobras de primavera. El T.23 me re­cuerda las grises vacaciones del año pasado, bajo un viento gris y lechoso, azucarado y dulzón, y además tan opaco que aún hoy me pregunto si ese mundo estaba do­tado o no de un paisaje. Según los prospectos, el U. 11 pa­rece más tentador; pero sólo a los tuberculosos se les per­mite desembarcar en él. El atractivo del G.34 no resulta menor, y me dejaría seducir si no fuera porque la Paramount tuvo la idea de transformar el paisaje de este mundo en un espectáculo permanente: Sonido, Olor y Luz. En el 0.8 reina el racismo y no se admiten blancos. Y en el H.54 hay que esperar a que llegue el invierno antes de pasar unos días ahí, ya que durante la primavera las larvas de este mundo secretan una baba que cubre todo el paisaje.

   Lo mejor es pedirle consejo a la empleada, que parece. hibernar bajo el letrero de “Informaciones” en una pe­queña caseta de vidrio. Conecto el micrófono y dicto len­tamente mis preguntas.

   —Quiero tomar unas vacaciones extraterrestres, pero debo estar de vuelta dentro de cinco días.

   Sin abrir los ojos, sin expresión alguna, casi sin moverse, ella consulta, como sonámbula, su horario y su mapa del cielo.

   —Tenemos el R.4 que no está más que a unos millones de kilómetros de la Tierra; pero sólo dispone usted de 10 segundos para tomar el cohete de las doce treinta. ¿Es muy poco tiempo?

   —Me temo que sí.

   --Tendríamos también el R.33, donde la agencia ha aclimatado la naturaleza de manera muy agradable en esta temporada; pero no hay cohete de vuelta antes de la semana próxima.

   —¿Y el F.04?

   —Desgraciadamente, se ha tachado a este planeta del catálogo. Desde hace varios días no podemos encontrar su localización exacta. Le aconsejaría el M.77...

   —Dicen que hace frío allí.

   —No tanto. Sí se abriga usted, podrá tomar un baño cuando guste.

   Todo esto no me parece muy tentador. Acabo por preguntarme si no sería mejor quedarme en la Tierra e irme a una de las playas del océano Artrítico que hace ya veinte años cubrió Arizona. A menos que compre un boleto para el P.4, mundo que conozco muy bien, pues cuando era pe­queño pasaba en él todas mis vacaciones. Sea. ¿Por qué no?

  

   Llego al P.4 al caer la tarde, después de un viaje ano­dino y, con cierto sentimentalismo, vuelvo a encontrar, cerca de una colina, el pequeño chalet propiedad de mi familia desde hace dos generaciones. Tengo la certeza de volver a encontrarlo siempre en buen estado, inmaculado; porque nada sufre alteración alguna en el P.4, un mundo sin polvo, sin escorias y sin microbios. Incluso los colores permanecen tal como son, sin importar las estaciones, apenas visibles, deslavados; a tal punto discretos que po­dría pensarse que son transparentes. Colores que armoni­zan con una naturaleza de espuma y de arena reluciente, de agujas cristalinas y de formas blandas, de miles de briznas que refulgen con el sol de este mundo como chis­pas de una gigantesca araña de cristal. En cuanto al aire, jamás lo agita brisa alguna y el agua tiene la densidad de una burbuja, desciende como un torrente sin rumor, mi­tad líquida mitad gaseosa. La vida es dulce y sencilla en este mundo sin ciclones, sin tormentas y sin cataclismos. Y los translúcidos de este planeta, que viven en manadas, son igualmente dulces.

Ovíparos, multívoros, estrangúledos, indudablemente apostatálidos, menocenos y, sin embargo, argígoros, los translúcidos son medusas bípedas superiores, inconsis­tentes, mitad inmateriales según la temperatura y suma­mente maleables. Hasta se podría jurar que su única acti­vidad consiste en cambiar de forma lentamente. No pien­san más que en sobrevivir, lo cual les es fácil pues no tienen enemigos que vencer ni obstáculos que superar. Y, en una atmósfera de abatimiento extremo, devoran metódi­camente su planeta, y sus enormes ojos lánguidos reflejan una desesperación singularmente insistente. No hablan, se quejan en una sola nota baja, siempre la misma. Toda su civilización parece estar contenida en esa nota de des­dicha, eterno reproche que aparentemente dirigen al cielo.

   Como el P.4 no tiene ni metales preciosos ni riquezas naturales y nada en él se puede comercializar o explotar, ni siquiera la textura descarnada de los translúcidos, los terrícolas nunca han pensado en convertir este mundo en una colonia, y nadie tampoco ha tenido la intención de poner a los translúcidos bajo un protectorado terrestre. ¿Qué se podría hacer con unos seres que emplean una hora o dos para comerse una simple hoja de árbol y que, además, pueden volverse totalmente invisibles cuando así lo desean? He ahí la razón por la que no encontramos en el P.4 más que unos pocos veraneantes y ,que la paz reine en este lugar.

   Hay, sin embargo, al igual que en cualquier parte del universo, algunos inconvenientes en el P.4; ante todo, las noches.

   En efecto, si bien los días se suceden en un apacible te­dio, las noches, en cambio, parecen pertenecer a una pe­sadilla obsesiva, sabiamente escenificada; inofensiva, por cierto, pero bastante difícil de soportar.

   Aquí, la noche es la guarida inexplicable de las fluctua­ciones, de lo imponderable y de las sutiles metamorfosis. ¿Espejismos, alucinaciones, apariciones? Nunca se ha po­dido explicar por qué desde que se pone el sol, lo informe y lo impalpable imponen su ley. Manchas de colores go­tean en el aire, dentro de las casas; burbujas de sangre es­tallan a ras del suelo; tallos descarnados surgen lentamente del techo. Las paredes se llenan de murmullos como si se convirtieran en el lugar de reunión de millones de termitas; el silencio está entrecortado por gritos que no pueden definirse y por rugientes espejismos; resplandores fantasmagóricos entablan una viscosa lucha con formas en movimiento. Y, en esta pesadilla, el papel más inquie­tante lo representan de nuevo los translúcidos, los cuales durante la noche, sin duda inconscientemente, llevan a cabo proezas que nunca realizarían en pleno día. Traspa­san las paredes, se deslizan por debajo de las puertas, de­saparecen en el aire para volver a formarse un poco más tarde y, cuando me despierto por la noche, encuentro siempre algunos translúcidos a mi alrededor, fijos o esti­rándose como pulpos en agonía. En la oscuridad son fos­forescentes o simplemente transparentes y puedo verlos vagando por mi cama, las paredes y el techo, aterradores y, sin embargo, pacíficos, como si fueran probetas en las que podemos observar cada movimiento de los órganos larvarios. A veces, se extienden cerca de mi, como enor­mes charcos de leche cuyo contacto evoca el de un

mármol encolado. Cuando abro los ojos, me enfrento ge­neralmente con la mirada de sus inmensos ojos líquidos, tanto más dulces cuanto más inquietantes. Y, por la noche, su canto monótono se convierte en una sola queja continua semejante al aullido de algún perro atropellado. Si uno no está acostumbrado, no se puede escucharlo sin aterrorizarse. Tampoco es agradable ver cómo los translúcidos se hacen cada vez más fláccidos cuando aúllan y cambian de la palidez al color verde. Y, a veces, me digo que para soportar estas noches en compañía de una multitud de larvas quejumbrosas realmente hace falta amar y estar acostumbrado a un mundo como el P.4.

   Un amor que, indudablemente, es difícil de explicar pues, a fin de cuentas, tampoco los días son tan agrada­bles en el P.4, en el que las distracciones prácticamente no existen. Por supuesto que sería refrescante tomar ba­ños en el agua gaseosa y vaporosa de las cascadas amari­llas; pero sé que el agua del P.4 arranca la piel del hombre en cuanto se evapora. También sería muy tentador revol­carse en la arena plateada de las altas riberas pero es inútil arriesgarse porque la arena de este mundo ataca a la carne con tanta agresividad como la de una horda de hormigas rojas. No sería menos embriagante correr por la flameante sabana de la planicie, si no fuera porque las al­tas hierbas cortan como navajas y que, además, secretan no sé qué veneno sutil.

   En suma, mi única distracción consiste en quedarme solo en el umbral de mi chalet diciéndome que se vive bien aquí, que el paisaje en realidad tiene su encanto y que los translúcidos, con su lentitud parasitaria, decididamente son criaturas con las que es fácil convivir y que hacen buena compañía.

   Y, además, menuda cura de descanso. No importa que casi sea imposible dormir por la noche; ni que no me pueda recostar en ningún lado. Con todo, las treguas tie­nen su límite. Después de cuatro días, las vacaciones lle­gan a su fin y debo pensar en regresar a la Tierra para es­tar en la oficina mañana por la mañana.

  

   En la base del P.4, abordo, pues, el cohete de las 15:30, que debe llegar a la Tierra por la noche. Sólo somos tres pasajeros a los que ya nos atiborran —para recuperar el tiempo perdido— de música dulce, de lemas publicitarios, de informaciones, de consignas y de imágenes del Mundo en Marcha. No cabe duda, regresamos a la vida normal.

   —Buen viaje de regreso, nos desea la azafata espacial, cuyo único deber consiste en trillar fórmulas de cortesía.

   Un deseo que no se cumple, puesto que el regreso nos reserva un pavoroso imprevisto. En el momento en que pasamos a la altura del T.43, uno de los navegantes nos anuncia, con la más perfecta indiferencia, que nos hemos desviado de la trayectoria prevista y nos veremos forzados a girar alrededor del planeta T.43, del que nos convertire­mos en satélite artificial durante un año. He aquí los in­convenientes producidos por los balbuceos interplaneta­rios.

   Más resignado que los otros dos pasajeros, no digo nada. Uno de ellos va a ser padre en unos días; en cuanto al otro, vocifera que es el único que puede encargarse de los vencimientos del mes en su empresa. Pero con los gri­tos no logran borrarse las inexorables leyes del espacio.

   —Estaremos en comunicación con la Tierra, nos dice el navegante para tranquilizarnos. Recibiremos víveres, combustible y también el correo; pero no podremos ate­rrizar antes de un año. Así están las cosas.

   Debería haberme traído algunos libros. Claro que nos queda la televisión, la publicidad en alta fidelidad, el tecnicolor y otros resabios de la civilización tan lejana y, sin embargo, tan próxima. Una civilización que se preocupa por nosotros, ya que al día siguiente recibo un cable­grama de mí oficina. Es explícito: “Supimos con pesar que está usted bloqueado en el espacio. Le enviaremos trabajo con regularidad. Esfuércese por escribir más legi­blemente que de costumbre. Nos veremos obligados, a nuestro pesar, a descontarle de su sueldo un día de tra­bajo.”

   ¡Qué tranquilizante! El mundo no nos olvida.

   En efecto, un día después recibo en un sobre sellado un importante fajo de documentos que debo estudiar antes de pasárselo a las máquinas electrónicas, que se los traga­rán en el estruendo de la glotonería comercial. Verdade­ramente podríamos pensar que estamos en la Tierra. Y qué alegría recibir el papel con el membrete de la empresa que me emplea; su lema y su águila estilizada que parece respirar a pleno pulmón el orgullo de volar tan alto en el cielo. El mismo correo me trajo también varias facturas y los recibos sobre los artefactos que tienen una potencia superior a los quince vatios. No hay que desespe­rar. Estamos lejos de la Tierra, pero cerca de nuestros acreedores. Y nuestros patronos se acuerdan de nosotros.

   Mañana, sin duda, recibiré la relación de las contribu­ciones indirectas sobre los locales desgravados y, luego, la de las contribuciones directas sobre los impuestos locales. A continuación, llegará el impuesto mensual por el coche rural que tiene más de diez mil kilómetros en su haber, y el impuesto de honor para la regularización de los desem­bolsos globales sobre ciertos ingresos de las profesiones no comerciales, o los intereses que se aplican a una altura mayor de veinte mil kilómetros. Y así sucesivamente. Claro que a fin de mes cobraré mi sueldo, previo des­cuento de la prima de presencia, naturalmente.

   En cuanto al alquiler que nos pedirá la Compañía dueña de este cohete, seguramente será elevado. Y eso sin contar con los seguros y los impuestos espaciales que tendremos que pagar.

 

   Parece que el año será difícil, por más que nuestra si­tuación sea holgada. Habrá que trabajar noche y día para pagar todo esto. ¡Qué remedio! Tanto va el cohete al es­pacio que acaba por perderse. Podría haber sido peor: po­dríamos haber estado condenados a girar alrededor de este planeta eternamente. Así es la vida, sigue siempre adelante. Hace falta algo más que esto para librarse de ella. Es mejor que escuchemos su tranquilizante murmu­llo. Ya la radio anuncia que un ciclón ha cobrado veinti­cinco mil víctimas en Japón, que ha estallado una violenta manifestación antiterrestre en el G.87, donde la guerra es inminente, y que el secreto de la juventud está en usar el dentífrico Colgate.

   ¡Vaya! Que moriremos siendo terrícolas es cierto, no importa que esto ocurra lejos de nuestra querida patria. Ninguno puede escapar a su destino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


FIN



[1] Tomado de Futur sans avenir, Paris, 1971